Éxtasis de un ataque salvaje

Éxtasis de un ataque salvaje
Por Édgar Javier Ulloa Luján

El destinado interior de una población con prados, jardines con arbolado para recreo, ornato y casas muy grandes de Ciudad Juárez en un dia soleado, muy acalorado en Country Club, dos jóvenes ejercitaban la condición física con accesorios muy sofisticados, dos poleas para las manos, como unos triángulos musicales cuales se jalan con fuerza y la banda elástica se expande, ayudaban a tonificar sus brazos. Habian de quince a veinte personas haciendo ejercicio en ese lugar. Simultaniamente, sumergidos en el abismo del profundo sueño, uno de ellos era espectador de lo que ocurria, siendo asimismo, el constructor virtuoso acaudalado. Al cabo de una media hora, terminaban de hacer el ejercicio. Se encontraban platicando casi frente de una mansión y un lujoso carro blanco estacionado enseguida del parque donde se encontraba una multitud de niños y adultos. Uno de ellos se percato que del patio de una de las casas enormes, salía desconcertado un felino. La mirada de Jose Casavantes era inquietante esperando una reacción de Javier Deza.

-¿Ya viste?- Pregunto. Esperando.

Contesto -¿Qué?-

Nada menos que fueron sigilosos en que no los viera el león. Su producto era de la facultad del alma, el sueño. Lo condenaba a ser testigo de la tragedia. Es curioso soñar tal escenario si cuando al despertar te enfrentas a un frío en el desierto y ser testigo de tal acontecimiento debajo de unas cobijas mientras duermes y soñando a la vez. Al despertar, Jose le consternaba la conciencia y al mismo tiempo sentía un alivio de que todo fue un sueño, no se sabe porque vienen así los sueños, pero es difícil meterse a la cabeza de un mejor amigo, su sueño es de noble realce. La pesadez de los parpados lo sometieron a seguir soñando. Javier, como un holograma, una representación inaudita seguia siendo parte del sueño de Jose. El naufragio del sueño nitido seguia las horas por la madrugada, en cada segundo, él estaba ahi, en otro lugar, en su cama, en horas de somnolencia, averiguarando el misteriao del rey.

!Tu estabas ahí, eras tu! Con ligereza tratas de lograr una modorra morbosa persistente. El león es un animal que permanece en reposo absoluto la mayoría del tiempo, es un animal inactivo. ¿Por qué tenia que ser el mås veloz de todos nosotros? ¿Por qué los niños tenían que estar mas cercanos al rey? ¿Por qué esa viveza al despertarse? ¿De donde salio? La abstracción genuina, el sopor de mi compañero de sueño, lo compartimos juntos. Hoy si estoy aquí, en estas palabras escritas por las yemas de mis dedos, escritas con uñas mal cortadas. No obstante, la perfección de las garras afiladas del león no se comparan a las mías de un soñador, arrebatador de sueños.

Un león sale de casa, pánico. El rey africano, de manera repentina, aparece como por arte de magia, sin ninguna razón. En ese momento nos fuimos ocultando para que no nos viese. El terror inicia cuando la cacería cobra fuerza, y comienza el caos emitido por todas las familias presentes. El predador esta suelto sin necesidad de esconderse. En medio de la gente; la presa llora. La niña de cinco años jugaba sin percatarse del peligro inminente, aun en un mundo inocente y nuevo para ellos. El león solo da algunos pasos, en eso, empieza a correr sobre su primer objetivo, y de lejos el polvo queda atrás y es ahí cuando la niña se da cuenta que la gente empieza a correr. El león duda un segundo, pero vuelve su mirada clavándola en una pequeña. La niña dando la espalda, nunca se imagino que enfrente de la nube de tierra, iba camuflajeado el éxtasis de un ataque salvaje. El león sin ningún obstáculo de en un salto como un trueno, le derramo sangre, enterró los dientes estrujándola del cuello y de un zarpazo destrozo su pecho y sus caderas parecían como una muñeca de trapo. El león se bebió su sangre, rompió sus miembros uno a uno y mastico sus huesos. El odio y la cólera no se hicieron esperar, desarmado el padre, quizo acercarsele a lo que antes era su hija, trato de rescatar la ropita de la niña ante imponente animal. Fracasó.

En sus muertes inevitables por su propio cachorro, el león de la niña se proclamó el rey de los cobardes.

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