Rocas de la frontera

Sucede que las cosas
se cansan de ser lo que son.
Esa es la frontera, su premio y su condena:
ser lo que son y no poder ser otra cosa.
Raúl Aceves

Yo quisiera ser pedrusco
entre todos los farallones.
Abrir la roca, nadar con focas.
Mis dedos quieren ser símbolos
mis manos , epítomes
y mis brazos, dos plumas de insulina.

Hay que patear las rocas
hasta que se transformen en un cubo de seis lados,
obvio.

Con las piedras
podemos destruir todo un sistema
son pesadas y pequeñas.
Al menos que no tengas manos.

Ya no rueda la piedra como antes
porque el mundo es bastante redondo.
Sólo el pie plano deja huella en la superficie.

Un derrumbe encadenado
que aplasta, vértebras de cebras
sin rayar de blanco el negro,
mata el escondite perfecto.

Una roca lejos, una vez aventé
se descalabró el cielo y no me perdonó.
Lo vi desangrarse al atardecer.
Nunca volvió a nacer el amor.

Nos hallamos
como rocas arriba de la cama;
brincando desnudos
rompiéndonos en pedacitos.

La roca esculpida es la que más sabe
de venidas e hidras colgadas en las ramas,
conocen la ironía, de su propia huida al precipicio.

Vivo adentro de una roca
con muchas puertas y ventanas.
El sol sólo la vuelve loca
aunque parezca sanar en la lobreguez.

Se sofocan los pulmones de las rocas
cuando la lluvia las lleva de paseo
sí, pasan las rocas es por algo y no se están quietas.

Quizás todavía acaezca
un gran bordo de rocas que detenga una aparente eternidad.

Édgar Javier Ulloa Luján

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2 comentarios en “Rocas de la frontera

  1. “La piedra”
    Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.

    Habrá dormido en lo aciago
    de su madre esta piedra
    precipicia por
    unimiento cerebral
    al ritmo
    de donde vino llameada
    y apagada, habrá visto
    lo no visto con
    los otros ojos de la música, y
    así, con mansedumbre, acostándose
    en la fragilidad de lo informe, seca
    la opaca habráse anoche sin
    ruido de albatros contra la cerrazón ido.

    Vacilado no habrá por esta decisión
    de la imperfección de su figura que por oscura no vio nunca nadie
    porque nadie las ve nunca a esas piedras que son de nadie
    en la excrecencia de una opacidad
    que más bien las enfría ahí al tacto como nubes
    neutras, amorfas, sin lo airoso
    del mármol ni lo lujoso
    de la turquesa, ¡tan ambiguas
    si se quiere pero por eso mismo tan próximas!

    No, vacilado no; habrá salido
    por demás intacta con su traza ferruginosa
    y celestial, le habrá a lo sumo dicho al árbol: -Adiós
    árbol que me diste sombra; al río: -Adiós
    río que hablaste por mí; lluvia, adiós,
    que me mojaste. Adiós,
    mariposa blanca.

    Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.

    Gonzalo Rojas

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