Un loco perdido

a Carl Adamshick

Las hojas se manchaban de colores
al final del verano
el sortilegio cándido sin contradicciones psicotrópicas
revelaba sus efigies ante la despótica ofuscación
una travesura contra
la naturaleza viva.

El santiamén reposaba en el agua dulce
en la inocencia fugaz y sosegaba el respiro
se meneaba un poco el corazón aturdido
a medio día; la hora de beber cada vez     más agua
el pulso inédito que se estampaba en el ocioso tiempo
entre la hoguera de las ansias y la tranquilidad
se encontraba al abrir el refrigerador,
volvía a respirar la libertad entre hielos del congelador.

Afligida por el calor
estaba sufriendo el alma desatendida
esa intangible sustancia que no ha sido descubierta
salvo que alguna mujer declare ser dueña de la selva.

Nunca los eruditos van a saber de buena tinta
que él sufría y reía frente a los pedazos del espejo arrancado de la pared.

Bebía su propia sangre y orinaba el tránsito de la vida enferma.
Una y otra vez.

Por Édgar Javier Ulloa Luján

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