/ La Aguja en el Pajar / Antología-personal de poética-mexicana /

Por Édgar Javier Ulloa Luján


RAMÓN LÓPEZ VERLARDE
EN LAS TINIEBLAS HÚMEDAS

En las alas oscuras de la racha cortante
me das, al mismo tiempo, una pena y un goce:
algo como la helada virtud de un seno blando,
algo en que se confunden el cordial refrigerio
y el glacial desamparo de un lecho de doncella.

He aquí que en la impensada tiniebla de la muda
ciudad, eres un lampo ante las fauces lóbregas
de mi apetito: he aquí que en la húmeda tiniebla
de la lluvia, trasciendes a candor como un lino
recién lavado, y hueles, como él, a cosa casa;
he aquí que entre las sombras regando estás la esencia
del pañolín de lágrimas de alguna buena novia.

Me embozo en la tupida oscuridad, y pienso
para ti estos renglones, cuya rima recóndita
has de advertir en una pronta adivinación
porque son como pétalos nocturnos, que te llevan
un mensaje de un singular clarosfrío;
y en las tinieblas húmedas me recojo, y te mando
estas sílabas frágiles, en tropel, como ráfaga
de misterio, al umbral de tu espíritu en vela.

Toda tú te deshaces sobre mí como una
escarcha, y el traslúcido meteoro prolóngase
fuera del tiempo; y suenan tus palabras remotas
dentro de mí, con esa intensidad quimérica
de un reloj descompuesto que da horas y horas
en una cámara destartalada…




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María Rivera
LOS MUERTOS

Allá vienen
los descabezados,
los mancos,
los descuartizados,
a las que les partieron el coxis,
a los que les aplastaron la cabeza,
los pequeñitos llorando
entre paredes oscuras
de minerales y arena.
Allá vienen
los que duermen en edificios
de tumbas clandestinas:
vienen con los ojos vendados,
atadas las manos,
baleados entre las sienes.
Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,
cuñados, yernos, vecinos,
la mujer que violaron entre todos antes de matarla,
el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,
la que también violaron, escapó y lo contó viene
caminando por Broadway,
se consuela con el llanto de las ambulancias,
las puertas de los hospitales,
la luz brillando en el agua del Hudson.
Allá vienen
los muertos que salieron de Usulután,
de La Paz,
de La Unión,
de La libertad,
de Sonsonate,
de San Salvador,
de San Juan Mixtepec,
de Cuscatlán,
de El Progreso,
de El Guante,
llorando,
a los que despidieron en una fiesta con karaoke,
y los encontraron baleados en Tecate.
Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,
al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,
los que estuvieron secuestrados
con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años
tres veces.
¿De dónde vienen,
de qué gangrena,
oh linfa,
los sanguinarios,
los desalmados,
los carniceros
asesinos?
Allá vienen
los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,
engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,
caminan,
se arrastran,
con su cuenco de horror entre las manos,
su espeluznante ternura.
Se llaman
los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,
los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,
los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,
los muertos que encontraron tirados en la Marquesa,
los muertos que encontraron colgando de los puentes,
los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,
los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,
los muertos que encontraron en coches abandonados,
los muertos que encontraron en San Fernando,
los sin número que destazaron y aún no encuentran,
las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos
disueltos en tambos.
Se llaman
restos, cadáveres, occisos,
se llaman
los muertos a los que madres no se cansan de esperar
los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,
los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,
imaginan entre subways y gringos.
Se llaman
chambrita tejida en el cajón del alma,
camisetita de tres meses,
la foto de la sonrisa chimuela,
se llaman mamita,
papito,
se llaman
pataditas
en el vientre
y el primer llanto,
se llaman cuatro hijos,
Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)
y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando estudiaba la primaria,
se llaman ganas de bailar en las fiestas,
se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,
se llaman muchachos,
se llaman ganas
de construir una casa,
echar tabique,
darle de comer a mis hijos,
se llaman dos dólares por limpiar frijoles,
casas, haciendas, oficinas,
se llaman
llantos de niños en pisos de tierra,
la luz volando sobre los pájaros,
el vuelo de las palomas en la iglesia,
se llaman
besos a la orilla del río,
se llaman
Gelder (17)
Daniel (22)
Filmar (24)
Ismael (15)
Agustín (20)
José (16)
Jacinta (21)
Inés (28)
Francisco (53)
entre matorrales,
amordazados,
en jardines de ranchos
maniatados,
en jardines de casas de seguridad
desvanecidos,
en parajes olvidados,
desintegrándose muda,
calladamente,
se llaman
secretos de sicarios,
secretos de matanzas,
secretos de policías,
se llaman llanto,
se llaman neblina,
se llaman cuerpo,
se llaman piel,
se llaman tibieza,
se llaman beso,
se llaman abrazo,
se llaman risa,
se llaman personas,
se llaman súplicas,
se llamaban yo,
se llamaban tú,
se llamaban nosotros,
se llaman vergüenza,
se llaman llanto.
Allá van
María,
Juana,
Petra,
Carolina,
13,
18,
25,
16,
los pechos mordidos,
las manos atadas,
calcinados sus cuerpos,
sus huesos pulidos por la arena del desierto.
Se llaman
las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,
se llaman
las mujeres que salen de noche solas a los bares,
se llaman
mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,
se llaman
hermanas,
hijas,
madres,
tías,
desaparecidas,
violadas,
calcinadas,
aventadas,
se llaman carne,
se llaman carne.
Allá
sin flores,
sin losas,
sin edad,
sin nombre,
sin llanto,
duermen en su cementerio:
se llama Temixco,
se llama Santa Ana,
se llama Mazatepec,
se llama Juárez,
se llama Puente de Ixtla,
se llama San Fernando,
se llama Tlaltizapán,
se llama Samalayuca,
se llama el Capulín,
se llama Reynosa,
se llama Nuevo Laredo,
se llama Guadalupe,
se llama Lomas de Poleo,
se llama México.




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El secreto, un día
(fragmento)

 

Quisiera que fueras

todas las mujeres

en que me he ido quedando.

José Carlos Becerra

70

 

En nuestro jardín ha crecido la yerba,

la luz y la sombra se abrazan en el follaje.

Hay flores nuevas que nunca viste

y los árboles ya maduros

se inclinan con el viento.

No encuentro en el barro las últimas

huellas que dejaste.

Se cubre de silencio el eco de tu risa.

Me tiendo en el rincón donde nos amamos

y a mi cuerpo lo acaricia tan solo

el frío del pasto.

El último abrazo que recibiré

será el de la tierra.

 



Rosario Castellanos

La casa vacía

Yo recuerdo una casa que he dejado.
Ahora está vacía.
Las cortinas se mecen con el viento,
golpean las maderas tercamente
contra los muros viejos.
En el jardín, donde la hierba empieza
a derramar su imperio,
en las salas de muebles enfundados,
en espejos desiertos
camina, se desliza la soledad calzada
de silencioso y blando terciopelo.

Aquí donde su pie marca la huella,
en este. corredor profundo y apagado
crecía una muchacha, levantaba
su cuerpo de ciprés esbelto y triste.

(A su espalda crecían sus dos trenzas
igual que dos gemelos ángeles de la guarda.
Sus manos nunca hicieron otra cosa
más que cerrar ventanas.)

Adolescencia gris con vocación de sombra,
con destino de muerte:
las escaleras duermen, se derrumba
la casa que no supo detenerte

Ramón López Velarde

EL RETORNO MALÉFICO

 

A D. Ignacio I. Gastélum

 

Mejor será no regresar al pueblo,

al edén subvertido que se calla

en la mutilación de la metralla.

 

Hasta los fresnos mancos,

los dignatarios de cúpula oronda,

han de rodar las quejas de la torre

acribillada en los vientos de fronda.

 

Y la fusilería grabó en la cal

de todas las paredes

de la aldea espectral,

negros y aciagos mapas,

porque en ellos leyese el hijo pródigo

al volver a su umbral

en un anochecer de maleficio,

a la luz de petróleo de una mecha

su esperanza deshecha.

 

Cuando la tosca llave enmohecida

tuerza la chirriante cerradura,

en la añeja clausura

del zaguán, los dos púdicos

medallones de yeso,

entornando los párpados narcóticos,

se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

 

Y yo entraré con pies advenedizos

hasta el patio agorero

en que hay un brocal ensimismado,

con un cubo de cuero

goteando su gota categórica

como un estribillo plañidero.

 

Si el sol inexorable, alegre y tónico,

hace hervir a las fuentes catecúmenas

en que bañábase mi sueño crónico;

si se afana la hormiga;

si en los techos resuena y se fatiga

de los buches de tórtola el reclamo

que entre las telarañas zumba y zumba;

mi sed de amar será como una argolla

empotrada en la losa de una tumba.

 

Las golondrinas nuevas, renovando

con sus noveles picos alfareros

los nidos tempraneros;

bajo el ópalo insigne

de los atardeceres monacales,

el lloro de recientes recentales

por la ubérrima ubre prohibida

de la vaca, rumiante y faraónica,

que al párvulo intimida;

campanario de timbre novedoso;

remozados altares;

el amor amoroso

de las parejas pares;

noviazgos de muchachas

frescas y humildes, como humildes coles,

y que la mano dan por el postigo

a la luz de dramáticos faroles;

alguna señorita

que canta en algún piano

alguna vieja aria;

el gendarme que pita…

…Y una íntima tristeza reaccionaria.


Manuel Acuña

ANTE UN CADÁVER

¡Y bien! Aquí estás ya…, sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Aquí, donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.

Aquí, donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.

Aquí, donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.

Aquí, donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
que solo al anunciarse nos espanta.

Ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

Aquí está ya… tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.

Y suponiendo tu misión cumplida
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.

¡Pero no!…, tu misión no está acabada,
que ni es la nada el punto en que nacemos,
ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.

La madre es solo el molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.

Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.

Tú sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno
que es de la vida universal el foco.

Y allí, a la vida, en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.

Y al ascender de la raíz al grano,
irás del vergel a ser testigo
en el laboratorio soberano.

Tal vez para volver cambiado en trigo
al triste hogar, donde la triste esposa,
sin encontrar un pan sueña contigo.

En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,

que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarle tus ósculos de muerto.

Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores,

en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.

La tumba es el final de la jornada,
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.

Pero en esa mansión a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.

Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males
allí acaban la fe y el sentimiento.

Allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota
se hunden en la región de los iguales.

Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.

El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera
y forma y hace de él otro organismo.

Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.

Él recoge la masa únicamente,
y cambiando las formas y el objeto
se encarga de que viva eternamente.

La tumba sólo guarda un esqueleto
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.



Julio César Toledo

Cuando digo desierto me detengo
y convulso y poseso rectifico.

Todo se hizo aquí antes del tiempo,
se hizo el fuego, el dolor, y hasta la lluvia:
agua mineral que me embalsama.

Seco antes de su inicio,
el desierto es límite o frontera,
fin del mundo e infierno sustituto;
patria chica de mis huellas espinadas,
de mi aliento a cardo seco,
corazón pétreo.

Que pasión atrajo hasta este páramo
amarillo al vientre de mi madre
que me puso en el nombre,
cruel destino,
desterrado, maltrecho…
Antes de nacer ya había sudado.
La claridad de mi voz
rasgó el cacto espinoso;
todo, desde antes, (incluso de mi)
fue áspero.

Aquí todo se detiene al mediodía
cuando el sol, fruto escondido, cuelga
de este cielo distante
quemado.

Todo nace yermo y se calcina
con la inmóvil quietud del segundero:
señal unívoca de un dios, de sus olvidos.
Todo aquí lo reconstruye
la mano de la noche inhabitada.

Una serpiente dibuja un mapamundi
Mientras repta en la sal
E inventa una efímera escritura
Que no da de beber.

– ya siento, padre ausente, la corriente de sed hasta mis
huesos.

Aquí todo se funde al mediodía.
Una roca – feliz sobreviviente – se empecina
mientras arriba,
el sol
también en fundirla se entretiene.

Sin que nada se altere en el paisaje
sopla el viento de lumbre, nos penetra.
Pausa.

Cenit.
Yo pienso desierto y
Mi lengua enrojecida es una llamarada.

Ardiente llega sin prisa la tarde.
Multiplica el letargo, todo lo enciende.
Los lamentos son silencios
en la boca del silencio.

Toma entre su luz la lagartija
una siesta ritual para enredarse
en colores de sangre tibia.
Quién te amara, sol, como el reptil
quién te amara:
en tus brazos de luz también cabe la muerte.

Aquí todo es un espejismo.
Fiebre o infancia ¿a qué has venido?
A esconderte entre la quemazón
de las arenas
para que tu ámpula
se haga en mi piel sutil e imperceptible.

– Cuando digo desierto, mi amada madre, tu nombre digo.

Inhabitada la noche va creciendo
dilata el tiempo, la pupila.

Silencio.
Todo cae,
caigo,
me congelo.
Ahora el sol brilla de negro
– igual quema-
Extraño el dolor inquebrantable de mi huesos.

 

ABOU- JARIA

(ángel de la muerte)

Su primer guarida fue el desierto.

Entre dunas, morirse es necesario;

Sedientas las ánimas le compran, del agua, la promesa.

 

Consagrado estudioso de la historia,

la astucia es su mirada perspicaz con la que ha visto caer centurias:

millares de muertos

que ensanchan las arcas de sus triunfos.

 

Está escondido en corredores de mármol,

en el hedor de la gente que lleva días sin dormir

o apenas dormita en salas de espera, deseando que alguien muera

o imaginando que un misil nunca cayó.

 

Aguardan los mortales como él

ha aprendido a ser paciente, incluso sabe de sus rezos, los repite;

Se agazapa entre las mantas que esconden las heridas.

 

Los niños son el blanco preferido:

combaten el embiste y sus almitas son mayores privilegios.

Los viejos saben bien comunicarse con la gloria, saben

–además de otros saberes- el nombre preciso que lo llama.

Es cobarde, por eso los evita.

 

Es aliado febril de los infieles.

Incita a la guerra que lo anima y le conviene.

Toda alarma de su estancia resulta innecesaria: es un haz del escondite

y viene, a veces, con gallardo uniforme a revolver el mar.

 

Tormenta. No es legión iracunda,

es humilde mensajero que conduce

–servicial-

con empeño hacia el rumbo inevitable.

 

Juan Martínez

En las palabras del viento

 

a José Luis Martínez

 

 

¡Generación!

Oíd vosotros la palabra del viento que habla por el hálito de mi nariz.

Olvidado el mundo de su atavío, y el pájaro de su concupiscencia

encontré la sangre esparcida del alma de los pobres y de los inocentes,

y no la hallé precisamente en excavaciones,

sino en todas estas cosas que tocamos a diario con nuestra mirada,

mis entrañas encendidas clamaron y guardé su para siempre,

la amargura de mi corazón penetró hasta mis tuétanos,

las aguas en lo alto detuvieron su paso y la lluvia faltó,

miré la tierra y he aquí que estaba asolada y vacía,

los montes temblaban de pánico, los cielos oscurecían,

y los andamios de mi cerebro como jaula de pájaros, se encontraba de engaño,

mis ojos no vieron ni mis oídos oyeron,

entonces subí hacia el mediodía y cabalgué llanuras como la sombra de la tarde

y he aquí lo que encontré y traigo para vosotros:

no os alegréis todavía, simplemente es un sepulcro abierto,

uno para cada uno, valientes perseguidores de la verdad.

Mudado el negro su pellejo y el leopardo sus manchas,

escalaremos la noche, abatiremos su heredad

y desde los rincones de la sombra extravagantes

[partidarios elogiarán nuestros modales,

mas nuestros pensamientos acompasados descansarán bajo muros distintos,

el betún del silencio reunirá recuerdos panfletarios de la tierra dormida,

la fuente de la noche derramará sus silicatos,

y con ávido dedo recorrerá los labios del suicida

que estará con la náusea de su mareo celeste.

 

Abajo, numerosas familias de acrídidos moribundos

repasarán el lenguaje de las constelaciones,

y en su simiente alada,

como poetas con sus palabras viajarán por un clima más vasto

que el imperio del sueño.

Soledad: creo que no estaré solo en las gigantescas y solidificadas planchas de sabores,

cualitativas porciones han mezclado su alma a los asuntos lejanos,

donde ladridos de perros y croar de ranas avivan ciudades,

perturbando al príncipe de una patria de imágenes.

¡Pero y los otros! Los malaventurados que proclama- ron acrofobia por temor a la nada,

con langorosos violines en la punta del alma,

y no apoyaron su frente en la última estrella,

ni uniendo la fisura de sus labios se ungieron con los enjambres del silencio,

y al oír el silbido más puro de la perdiz errante a construir bufandas para pájaros,

los que con brasas pálidas bajo las cenizas de sus plantas

ignoraron por siempre la estatura del viento,

y en olor de suavidad no abrevaron en las colmenas del olvido,

esos no entrarán nunca a los hermosos climas del espacio y el sueño.

 

 

 

 

Efraín Huerta

Descenderá al sepulcro vuestra soberbia.

Y echados seréis de él como troncos abominables,

vestidos de muertos pasados a cuchillo,

que descendieron al fondo de la sepultura.

Y no seréis contados con ellos en la sepultura:

porque destruisteis vuestra tierra, y arrasasteis vuestro pueblo.

No será nombrada para siempre la simiente de los malignos.

Libro del profeta Isaías

¡Mi País, Oh mi País!

Ardiente, amado, hambriento, desolado,
bello como la dura, la sagrada blasfemia;
país de oro y limosna, país y paraíso,
país-infierno, país de policías.
Largo río de llanto, ancha mar dolorosa,
república de ángeles, patria perdida.
País mío, nuestro, de todos y de nadie.
Adoro tu miseria de templo demolido
y la montaña de silencio que te mata.
Veo correr noches, morir los días, agonizar las tardes.
Morirse todo de terror y de angustia.
Porque ha vuelto a correr la sangre de los buenos
y las cárceles y las prisiones militares son para ellos.
Porque la sombra de los malignos es espesa y amarga
y hay miedo en los ojos y nadie habla
y nadie escribe y nadie quiere saber nada de nada,
porque el plomo de la mentira cae, hirviendo,
sobre el cuerpo del pueblo perseguido.
Porque hay engaño y miseria
y el territorio es un áspero edén de muerte cuartelaria.
Porque al granadero lo visten’
de azul de funeraria y lo arrojan
lleno de asco y alcohol
contra el maestro, el petrolero, el ferroviario,
y así mutilan la esperanza
y le cortan el corazón y la palabra al hombre―
y la voz oficial, agria de hipocresía,
proclama que primero es el orden
y la sucia consigna la repiten
los micos de la Prensa,
los perros voz-de-su-amo de la televisión,
el asno en su curul,
el león y el rotario,
las secretarias y ujieres del Procurador
y el poeta callado en su muro de adobe,
mientras la dulce patria temblorosa
cae vencida en la calle y en la fabrica.
Este es el panorama:
Botas, culatas, bayonetas, gases …
¡Viva la libertad!

Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…
todo el país amortajado, todo,
todo el país envilecido,
todo eso, hermanos míos,
¿no vale mil millones de dólares en préstamo?
¡Gracias, Becerro de oro! ¡Gracias, FBI!
¡Gracias, mil gracias, Dear Mister President!
Gracias, honorables banqueros, honestos industriales,
generosos monopolistas, dulces especuladores;
gracias, laboriosos latifundistas,
mil veces gracias, gloriosos vendepatrias,
gracias, gente de orden.
Demos gracias a todos
y rompamos
con un coro solemne de gracia y gratitud
el silencio espectral que todo lo mancilla.
¡Oh país mexicano, país mío y de nadie!
Pobre país de pobres. Pobre país de ricos.
¡Siempre más y más pobres!
¡Siempre menos, es cierto,
pero siempre más ricos!
Amoroso, anhelado, miserable, opulento,
país que no contesta, país de duelo.
Un niño que interroga parece un niño muerto.
Luego la madre pregunta por su hijo
y la respuesta es un mandato de aprehensión.
En los periódicos vemos bellas fotografías
de mujeres apaleadas y hombres nacidos en México
que sangran y su sangre
es la sangre de nuestra maldita conciencia
y de nuestra cobardía.
Y no hay respuesta nunca para nadie
porque todo se ha hundido en un dorado mar de
dólares
y la patria deja de serlo
y la gente sueña en conjuras y conspiraciones
y la verdad es un sepulcro.
La verdad la detentan los secuestradores,
la verdad es el fantasma podrido de MacCarthy
y la jauría de turbios, torpes y mariguanos inquisidores
de huaraches;
la verdad está en los asquerosos hocicos de los cazadores
de brujas.

¡La grande y pura verdad patria la poseen,
oh país, país mío, los esbirros,
los soldadones, los delatores y los espías!
No, no, no. La verdad no es la dulce espiga
sino el nauseabundo coctel de barras y de estrellas.
La verdad, entonces, es una democracia nazi
en la que todo sufre, suda y se avergüenza.
Porque mañana, hoy mismo,
el padre denunciará al hijo
y el hijo denunciará a su padre y a sus hermanos.
Porque pensar que algo no es cierto
o que un boletín del gobierno
puede ser falso
querrá decir que uno es comunista
y entonces vendrán las botas de la Gestapo criolla,
vendrán los gases, los insultos,
las vejaciones y las calumnias
y todos dejaremos de ser menos que polvo,
mucho menos que aire o que ceniza,
porque todos habremos descendido
al fondo de la nada,
muertos sin ataúd,
soñando el sueño inmenso
de una patria sin crímenes,
y arderemos, impíos y despiadados,
tal vez rodeados de banderas y laureles,
tal vez, lo más seguro,
bajo la negra niebla
de las más negras maldiciones…

4 de abril de 1959

 

 

Silvia Eugenio Castillero

Parque de las dunas

Me refugié en las dunas,
entre niños, el dorso no logró adherirse
a los espasmos naturales de la arena, neblinosa
ciudad de gigantes y diminutas corrientes.
De nada sirvieron las raíces,
su longevo discurso. Eran cadencias
urgentes: permanecer
en el remolino, rodar por el centro
vacío de las dunas, apisonar
los trucos de la arena para volverse arena
y girar sin más: frente a mi naufragio
permaneció la constelación de niños.


Ónice

La calle era de ónice,
abedules enormes cabían en ella,
pero eran bocetos sobre neblina,
los pasos arcillosos
nos volvían seres ocres
como caídos de la tormenta,
era tal vez un día de esos
que llegan a toparse con el último día.
La lluvia abría la rigidez de las calles,
enlodaba su trazo recto, lloraba su pudor,
no había sino esquinas y muros
y las vertientes blancas o rosas del ónice
en desacuerdo con nuestros pasos indecisos.


Carlos López Beltrán
Hembras desarboladas

Han regresado a la carne y la sangre
de roedor todavía tibia se ha vuelto
su golosina favorita. Ya perdieron
las enzimas para esa digestión
y se dibujan anillos guindas
en torno de sus ojos y sus labios.
Cuando florea la pampa (estallido
imprevisible en cuanto a fechas,
duración, intensidad y desenlace)
dejan sus madrigueras por un mar
gris y muerto como el mercurio,
los montes por el delirio del polen.
Dejan atrás a sus crías con los poseídos
inmóviles. Entre sus miedos atávicos
(que se aprende a adivinar
por los gruñidos lastimeros) están:
oír motores en la lejanía, ver
flecos encarnados entre las nubes
(los ocasos violetas les inducen
desconcierto total), quedar últimas
en una fila de más de cinco,
que alguna ronque, hable dormida
o parezca estar soñando…
Pueden quedarse inmóviles por días
pareadas y mirándose a los ojos tenazmente,
de muy cerca, con expresiones lacias,
neutras, así… hasta que alguna pare.


La joven mujer tasajeada

Sólo llegó a diez meses
eludiendo los golpes
contra la campana rota
de su pánico desbocado.
Ante los maelstroms
de exigencia y ternura
de la horda varonil
su corazón flaqueó.
Anidó su respuesta
de cartílago distendido
en una mueca que el idiota
entendió como indocilidad.
Destazada de cruel manera
como una reina de ajedrez
que duerme bajo puentes
ya no responde preguntas.



El hombre que llegó a las manos

Se sorprendió de encontrar un paisaje tan áspero
esos nudillos tan anudillados esos puños
tan empuñados las correas venosas apuntándole
desde lo alto y el sudor tan sedoso y tan espeso
y el hedor hosco de la adrenalina.
A pesar del estilete de la brisa sobre la cara
la cizalla sobre la arista de la piedra
se sorprendió del silencio que encontró
en las manos como aleteo de tumba…
Y comenzó a bajar muy despacito
sin mirar hacia arriba ni hacia abajo
aferrándose a las grietas con los dedos
llagados y apoyando muy bien los pies.




El chipote
Ricardo Castillo

Ahora puedo verme el cadáver, ahora puedo verme la

sensibilidad del pulso.

La soledad tiene 360 grados. Nada gano con ir dulcemente al infierno,

nada gano con hablar de mí a estas alturas de ¡Pum! y olvido.

La calle tiene devastados los adentros; peatones de la

ilusión, farmacodependientes del miedo.

La belleza sólo ha pasado, sólo ha dejado mucho por desear,

sólo mezquinas gratificaciones de la intimidad, puros cuentos.

Ahora puedo ver lo que la equivocación llama suerte,

ahora puedo ver cómo el dolor domestica el rumbo vitalicio.

Es mentira que los ahogados se mueran en un vaso de agua.

Es mentira lo que tú crees de ti.



Éxodo
José Emilio Pacheco

En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
y recibe la noche.


Caverna

Es verdad que los muertos tampoco duran
Ni siquiera la muerte permanece
Todo vuelve a ser polvo

Pero la cueva preservó su entierro

Aquí están alineados
cada uno con su ofrenda
los huesos dueños de una historia secreta

Aquí sabemos a qué sabe la muerte
Aquí sabemos lo que sabe la muerte
La piedra le dio vida a esta muerte
La piedra se hizo lava de muerte

Todo está muerto
En esta cueva ni siquiera vive la muerte

De “Islas a la deriva, 1973-1975”


Fin de siglo

«La sangre derramada clama venganza».
Y la venganza no puede engendrar
sino más sangre derramada
¿Quién soy:
el guarda de mi hermano o aquel
a quien adiestraron
para aceptar la muerte de los demás,
no la propia muerte?
¿A nombre de qué puedo condenar a muerte
a otros por lo que son o piensan?
Pero ¿cómo dejar impunes
la tortura o el genocidio o el matar de hambre?
No quiero nada para mí:
sólo anhelo
lo posible imposible:
un mundo sin víctimas.

Cómo lograrlo no está en mi poder;
escapa a mi pequeñez, a mi pobre intento
de vaciar el mar de sangre que es nuestro siglo

con el cuenco trémulo de la mano
Mientras escribo llega el crepúsculo
cerca de mí los gritos que no han cesado
no me dejan cerrar los ojos.

 

 

CONTRAPUNTO DE LA FE
Marco Antonio Montes de Oca (1932)

Colibrí, astilla que vuelas hacia atrás
y te detienes
y en picada avanzas
contra el pecho milenario del perfume:
en tus manos encomiendo
las generaciones todavía plegadas a mi carne,
las llamaradas de nieve en el diamante
y la coraza de súplicas que protege a la ruina
contra el definitivo polvo.
En tus manos y alas encomiendo
al siempre silencioso, al poeta
que rasga sus vestiduras hasta el hueso
y acoge a sus espectros
y les transmite nueva niebla
soplando una canción entre sus labios secos.
En tus manos encomiendo al niño marinero
que crece cuando le falta la piel
para tatuarse el perfil de cuanto sueña,
pues no le duele al revés del párpado
su propia carne vive,
ni el hombre al hombre,
ni la sal a las heridas del mar.
En cambio los niños sufren
cuando todavía vendados por un vientre,
sólo contemplan la luna
si su madre bosteza.
Por lo menos un niño de la familia sufre,
pasa las de Caín y las de Abel
cuando en la fiesta que el adulto sólo complace,
deshila la masca un pezón de trapo
en el sofá que doran por igual
sus bucles y el siglo
Mas yo voy a halarte de tus lágrimas,
niño de hueso y encajes,
flama, lumbre abovedada
que no decreces cuando más te brilla la cabeza.
Y a ti, niño sin zapatos ni pan,
te alzaré por el lóbulo de la oreja
—asa por donde otros toman tu pequeña malicia.
Voy a extraerte de tu overol,
ese caracol azul pegado en las esquinas
donde tu hambre se enrosca
junto al escaparate iluminado.
Voy a librarte de los espejismos que cortan.
Hay para ti inéditos lugares,
países envueltos en celofán
y luces nacidas en el arcoiris
que empapelan de mariposas la carne al descubierto;
hay pinos altos que ahorran caminatas a la lluvia,
juncos alzándose en llanuras de espuma
donde uno corre golpeándose en el cuadril
o monta escobas de rubios belfos
que van a buscar cebada al horizonte.
Entretanto, olvidaré fastuosos convoyes que vierten zafiros
mientras avanzan,
olvidaré funámbulas imágenes que cruzan el arco incendiado
de mis ojos,
pero tú, colibrí, jamás olvides a los niños.

……………………

Aprisa fuego, nube, espuma invencible
que soportas meteoros en tu pecho:
álzate más aún,
calza los invisibles coturnos del halcón,
mira si el ojo como el pez,
embalsamado por la transparencia
y salado para la única travesía memorable,
al epitafio de todo esplendor anula;
dime si habrá polvo sobre el polvo,
turbulencia y opacidad,
espinas sin cuento emponzoñado
el aire de oro que la tarde suspende
sobre las cunas habitadas.
Aprisa fuente, borbollón,
hombre súbito de mica:
ábrenos el camino a la buscada complacencia del sol,
pues el corazón merece ser inmortal
y lo que muere
tiene poco tiempo para volverse eterno
y llevar dos ejemplares de cada especie
a su bamboleante Arca de Noé,
poco tiempo en verdad para morir
con las manos del mundo entre sus manos
o retratarse sobre el vivo terciopelo de la yerba,
flanqueando por la familia
y el sediento colibrí.

……………………

Mas si la pluma pierde al pájaro,
alivia su nostalgia montada en la cola de la flecha,
si la puerta del cielo no se abre,
con alas de madera el cucú la entorna nuevamente.
Cuando haya súbitas anemias en el sol
y lívida se torne la pradera,
que el amor nos extienda contraseña
y entremos a los talleres incansables de la luz
buscando formas que recuerden al pegaso,
al pegaso que lleva herraduras de flores
por si hubiera de pisar
las atropelladas impurezas de la tierra.
Más hondo que las estaciones
los seres vivos se disfrazan:
no es fácil que un palo ya ceniza,
abra las valvas de los astros
ni que devuelva a la superficie
la moneda extraviada en el estanque.
Tal vez en la faceta solar menos empañada,
se libere lo que es inútilmente libre
como un barco en el desierto.
No sé, tal vez, quizá
uno se procure el entusiasmo de ver al mundo como es,
el cuidado que merece la torre desde que es un ladrillo
y la fuerza, la suplicante fuerza
que no es dolor sino paciencia,
paciencia para nada,
paciencia para limpiar un lirio limpio
y la ola de tiempo que disipa al fósil.

……………………

Y el túnel rápido pero insorteable del destello,
el esqueleto de una guitarra inseparable de sus venas,
la palabra arrepentida frente al infinito,
y todo, todo lo que es amable y amado,
mirando al pájaro que es todavía cárcel de muchas cosas,
se consume,
coro de rocas mudo sin el viento.
Nunca estará el alba con nosotros todo el día,
ni el crepúsculo se precipitará entre los buzos
que tuercen sus cables en lívidas preguntas,
en hipocampos que siembran la interrogación de su cuerpo,
bajo su verde tumba remota.
Insondables capas de musgo
vendan arrecifes,
pero nada posterga el choque de la nave,
ahora que está por desprenderse
la lágrima de la que cuelga el mundo.
Por si esto no bastara,
en mi pensamiento solo hay fuentes
que apoyan instantáneos siglos
en bastiones de cristal;
sólo veleros que renuncian a sus orillas de madera,
sólo troncos sin memoria hundiéndose,
igual que la dulce Ofelia
tan mal asegurada en la canoa de su vestido.

……………………

Como vigía de cuello especial
gira el girasol sin desnucarse
y otea la balsa en el oleaje
y el insomne vaivén del sueño,
pues ya no sabe a qué atenerse
ni qué estrella apedreada resiste más miradas.
Pronto se nos irá la vida en pedir
burbujas imposibles que limen al erizo,
se nos irá la vida buscando
un cofre para los cascos de la res en estampida,
se nos irá la vida cojeando con sus pies perfectos,
se nos irá la muerte propia
cuando la caja de Pandora
levante la tapa con sus propios músculos
y vierta azufre en el pan
o delate al nido
en que se alzan águilas de vapor
sobre golfos de claridad serena.
Aquí donde la montaña se saca de la bolsa un río,
y el mago, un montón de veleidades que azoran,
oiremos cómo e desprende el ancla leve
que a la tierra nos sujeta,
veremos el efecto de la tromba
sobre delicados alambristas.
Y la flama de borde azul,
la indecisa flama
que ni remonta ni se pliega al suelo,
el cornetín y su botonadura de charro,
el guajolote y su pañuelo de carne,
La piedra viva y sus reflejos de rígidas patas,
el tiempo y su corona de latidos,
el crepúsculo y su piel de onagro,
la novia nocturna y su ramillete de luces de bengala,
cada palabra y su objeto más querido,
separados por un instantáneo bisturí
en la sombra lloran por su perdida sombra.

He aquí que al fin estalla
la central imagen de las cosas,
estalla la caverna donde ya no caben la soledad ni el desolado,
el pálido ruiseñor que recuesta la cabeza
en la sombra de sus trinos,
el océano en que demonios sonrientes
entran a sacudir como banderas
saurios colosales ahí enterrados.

Un luto enorme se esparce en el silencio,
se espantan la rama y el rasguño,
la fiera y el herido;
el rencor de un átomo desportilla al sueño entero
y sobre la tinta del calamar fumoso
y en el ácido que carcome los trastabillantes cimientos del
planeta,
sobre palabras desterradas de sus vainas de aire
y en la pólvora que acentúa la noche de los túneles,
sobre inexplicables cementos que se ablandan con las horas
y en movedizos mosaicos de caleidoscopio,
—el pie rasgado en encrucijadas
antes que sus pasos—
afirman su cariño a la certeza.

……………………

Cuando la paciente araña
colgó su primer hilo en la boca del cráter,
el volcán no pensó que la fuente de su ira
pudiera ser tapiada.
Mas la araña babeando sus hilos
logró tejer un lienzo inmaculado,
un sueño resistente a las emanaciones del azufre.
El fuego que burlan salamandras
es el fuego que consume al fénix.
El fuego que el fénix sortea
es el fuego que acaba con la salamandra.
Haciendo haces de heces,
la mujer que espera y llora la lluvia
y se plancha la nariz tras la ventana,
sabe ya cosas que no encontrará
en el radiante limbo de la resurrección
porque respira en la medialuz de un territorio increado,
vive entre el vapor y el acero,
entra la niebla sedentaria
y el incienso que se eleva.
Colgada del hilo de las posibilidades
—la mujer que espera y llora la lluvia—
ha cercado a sus demonios haciéndolos ángeles
de una misión cumplida,
ha teñido con alquimias lo invariante
y cuando la salamandra de la ley se fatigue de vencer,
su fresco instinto entronizará deseos en la evidencia.

¿Tiemblas marino? ¿La joya del sol
es demasiado sol para tus párpados?
¿Sueñas en tu orfandad que un padre viene
y sacude, con su mano sobre tus manos,
el tronco de las constelaciones?
Solo y sin soledad,
a veces muerto del suicidio natural
o asesinado por las preguntas que se enroscan en su desamparo,
el corazón pule su rostro a cada traspié
y lo ensucia nuevamente.
Así ha de ser,
a eso estamos condenados
hasta que en las postrimerías de la temporada de la muerte,
manos prometidas acaricien nuestras sienes
y rediman la jornada en que fuimos precipitados.
El solo golpe de un guante perfumado
estremecerá de nuevo zonas agotadas.
Cuando el sueño suena, agua lleva.
Después de un desmayo,
después de una pequeña huelga de la vida,
el corazón será ofrecido y aceptado
en el umbral de su nuevo país.

Contrapunto de la fe, 1955.

 

 

SANGRE NUESTRA
Susana Chávez

Sangre mía,

de alba,

de luna partida,

del silencio.

de roca muerta,

de mujer en cama,

saltando al vacío,

Abierta a la locura.

Sangre clara y definida,

fértil y semilla,

Sangre incomprensible gira,

Sangre liberación de sí misma,

Sangre río de mis cantos,

Mar de mis abismos.

Sangre instante donde nazco adolorida,

Nutrida de mi última presencia.

 

Asombro del tiempo
Homero Aridjis
(Estela para la muerte de mi madre Josefina Fuentes de Aridjis)

Ella la dijo: Todo sucede en sábado:
el nacimiento, la muerte,
la boda en el aire de los hijos.
Tu piel, mi piel llegó en sábado.
Somos los dos la aurora, la sombra de ese día.

Ella la dijo: Si tu padre muere,
yo también voy a morir.
Sólo es cosa de sábados.
Cualquier mañana los pájaros
que amé y cuidé van a venir por mí.

Ella estuvo conmigo. En mi comienzo.
Yo estuve con ella cuando murió, cuando nació.
Se cerró el círculo. Y no sé
cuándo nació ella, cuándo morí yo.
El rayo umbilical nos dio la vuelta.

Sobre la ciudad de cemento se alza el día.
Abajo queda el asombro del tiempo.
Has cerrado los ojos, en mí los has abierto.
Tu cara, madre, es toda tu cara, hoy que dejas la vida.
La muerte, que conocía de nombre, la conozco en tu cuerpo.

Dondequiera que voy me encuentro con tu rostro.
Al hablar, al moverme estoy contigo.
El camino de tu vida tiene muchos cuerpos míos.
Juntos, madre, estaremos lejanos.
Nos separó la luna del espejo.

Mis recuerdos se enredan con los tuyos.
Tumbados para siempre, ya nada los tumba.
Nada los hace ni deshace.
Palpando tu calor, ya calo tu frío.
Mi memoria es de piedra.

Hablo a solas y hace mucho silencio.
Te doy la espalda pero te estoy mirando.
Las palabras me llevan de ti a mí y de mí a ti
y no puedo pararlas. Esto es poesía, dicen,
pero es también la muerte.

Yo labro con palabras tu estela.
Escribo mi amor con tinta.
Tú me diste la voz, yo sólo la abro al viento.
Tú duermes y yo sueño. Sueño que estás allí,
detrás de las palabras.

Te veo darme dinero para libros,
pero también comida.
Porque en este mundo, dicen,
son hermosos los versos,
pero también los frutos.

Un hombre camina por la calle.
Una mujer viene. Una niña se va.
Sombras y ruidos que te cercan
sin que tú los oigas, como si sucedieran
en otro mundo, el nuestro.

Te curan de la muerte y no te salvan de ella.
Se ha metido en tu carne y no pueden sacarla,
sin matarte. Pero tú te levantas, muerta,
por encima de ti y me miras desde el pasado mío,
intacta.

Ventana grande que deja entrar a tu cuarto la ciudad de cemento.
Ventana grande del día que permite que el sol se asome a tu cama.
y tú, entre tanto calor, tú sola tienes frío.

Así como se hacen años se hace muerte.
Y cada día nos hacemos fantasmas de nosotros.
Hasta que una tarde, hoy, todo se nos deshace
y viendo los caminos que hemos hecho
somos nuestros desechos.

Sentado junto a ti, veo más lejos tu cuerpo.
Acariciándote el brazo, siento más tu distancia.
Todo el tiempo te miro y no te alcanzo.
Para llegar a ti hay que volar abismos.
Inmóvil te veo partir, aquí me quedo.

El corredor por el que ando atraviesa paredes,
pasa puertas, pasa pisos,
llega al fondo de la tierra,
donde me encuentro, vivo,
en el comienzo de mí mismo en ti.

Número en cada puerta y tu ser pierde los años.
Tu cuerpo en esa cama ya sin calendarios.
Quedarás fija en una edad, así pasen los siglos.
Domingo 7 de septiembre, a las tres de la tarde.
Un día más, unos minutos menos.

En tu muerte has rejuvenecido,
has vuelto a tu rostro más antiguo.
El tiempo ha andado hacia atrás
para encontrarte joven. No es cierto
que te vayas, nunca he hablado tanto contigo.

Uno tras otro van los muertos, bultos blancos,
en el día claro.
Por el camino vienen vestidos de verde.
Pasan delante de mí y me atraviesan. Yo les hablo.
Tú te vuelves.

Pasos apesadumbrados de hombres
que van a la ceremonia de la muerte,
pisando sin pisar las piedras
de las calles de Contepec,
con tu caja al cementerio.

Tú lo dijiste un día:
todo sucede en sábado:
la muerte, el nacimiento.
Sobre tu cuerpo, madre, el tiempo se recuerda.
Mi memoria es de piedra.

 

 

PLANTO —DESMONTADO
LUIS CORTÉS BARGALLÓ

Que todo nos desoriente:
La luz del sol, la primavera.
Francisco Cervantes

Hueso tallado hasta el topacio,
puño de hulla levantando un cetro acrimonioso.
Así fuera la carne, la espina de Villon
“más negro que maduro”; fuera
que las aguas desembocan y se aclaran
fuente, beso, manantial, filones
porque no pienso regresar —murmuran—
porque no pudiera, porque
nadie cruza el puente saturado
refrescándose con l’air du temps
& there’s no Michelangelo coming from Pittsburgh;
y los puentes, cuánta agua
pueden llevar los puentes
con sus propios bastidores. Detenerse en el pretil
y aquilatarlo cuando sola, azul la calavera
se desgaja por la sisa.

Y qué tristeza, qué lástima
y cuándo el canto y el acorde, si
de canto y mal quebrado se amorcilla.
El fofo martinete repicando en la cazuela.

Y pobre de Rudel que tuvo que roer
la mordedura
del más amado de sus huesos,
que llorara, sí, como agua pura
sus efigies diminutas, coloridas
en su tiempo
“en tanto que
de rosa y azucena” envejecían
los carmines, los riñones
y quedaban los carrillos
secos, escarchados, angulosos
en el dócil empastado de ternera.

Pudiera decantarse: fuente, beso, manantial, filones.
Y pudieran esos serios sustantivos
flotar y desatarse como brisa.
Por las cuerdas del tendón hastiado de poliéster
o el versado espasmo de un desplante pajarero.
Mejor si me desdoro/ loro
bajo este sol de medianoche
y mediomundo
hallar
si me destrabo
hallar
si la fruncida luz
me deja
con la frente roja
atravesando el puente… el puente/ dije
si se puede
aún decir así.

 

 

Muerte del hombre
Alí Chumacero

Si acaso el ángel desplegara
la sábana final de mi agonía
y levantara el sueño que me diste, oh vida,
un sueño como ave perdida entre la niebla,
igual al pez que no comprende
la ola en que navega
o el peligro cercano con las redes;
si acaso el ángel frente a mi dijera
la ultima palabra,
la decisión mortal de mi destino
y plegando las alas junto a mi cuerpo hablara,
como cuando el rocío desciende lento hacia la rosa
al dar el primer paso la mañana,
ya miraría en mi sangre
el negro navegar, la noche incierta,
el pájaro que sufre sin sus alas
y la más grave lentitud: la muerte.
Aun cerca de la íntima agonía
estás, oh muerte, clara como espejo;
más abierta que el mar,
más segura que el aire que entró por la ventana,
más mía y más ajena
por mi sangre y mis brazos
en esta soledad.
Estás tan fértil como niño
que, angustiado, llora antes de ser,
entre la sangre siendo
y por la piel más vivo que la piel;
te llevo como árbol, tierra y cauce,
y eres la savia pura,
la flor, la espuma y la sonrisa,
eres el ser que por mi sangre es
como la estrella ultima del cielo.

Si acaso el ángel sigiloso
abriera la ventana
te miraría salir interminablemente
como un tiempo cansado
hacia su sombra vuelto,
como quien frente al mundo se pregunta:
“¿En qué lugar está mi soledad?”

Si acaso el ángel me mirara,
abierta ya la niebla de mi carne,
sin nubes, sin estrellas,
sin tiempo en que mecer la luz de mi agonía,
encontraría tan sólo a ti, oh muerte,
llevándome a tu lado, fiel;
te encontraría tan sola a ti, sin mí,
ya sin cuerpo ni voz,
sin angustia ni sueños,
te hallara entonces pura, oh muerte mía.

 

Jardín de ceniza

Haber creído alguna vez
viendo la noche desplomarse al mundo
y una tristeza al corazón volcada,
y después ese cuerpo que oprimen nuestras manos:
la mujer que sonríe
y sobre el lecho se nos vuelve
cadáver mutilado en el recuerdo,
como mentira ínfima
o rosa desde siglos viviendo en el silencio.
Y sin embargo en ella nos perdemos,
muertos contra sus brazos, en su misterio mudos
tal una voz que nadie escucha,
frutos ya de cadáver de amor, petrificados;
su placer nos sostiene sobre un mentido mundo,
ahí nos consumimos continuando
en la vana tarea interminable,
y luego no creemos nada,
somos desolación o cruel recuerdo,
vacío que no encuentra mar ni forma,
rumor desvanecido en un duro lamento de ataúdes.

 

A una estatua

Cesa tu voz y muere
sobre tus labios mi alegría.
No habrá palabra que en tu piel levante
ni un incierto sabor de brisa oscurecida
como el recuerdo que en mis ojos deja
el paso de tu aliento,
porque vives inmersa en tu silencio,
impenetrable a mis sentidos
y si mis manos en tu piel se posan
inclinas la cabeza,
navegas en un tiempo que escucha tu latido,
y entre sus aguas, inundándote
bajo la tersa forma de su espejo,
estás abandonada,
próxima a ser violenta permanencia,
enemiga de olvidos,
casi perdida en íntima zozobra
y sin más voluntad
que la crueldad entre tus labios muda.

Toma tu cuerpo ahora, vuelve el rostro,
mírate así, segura y desplomada
hacia un estanque donde mora el miedo,
donde sólo hay imágenes
y el cuerpo deja su cautivo duelo
para entrar en la fuente de su origen.
Verás nacer el sueño de tu cuerpo
anegando en pureza toda vida,
todo impulso negado en puro movimiento
y toda forma sostenida en puro resplandor
ya no será la flor sino su aroma,
ya no serás tú misma.

No importa entonces que de pronto mueras
y pierdas toda sombra
quedándote en escombros defendida,
si toda tú pereces,
náufraga de tu propio mar,
presa dentro de ti, vencida
como ángel que asolado por el fuego
lanzara su impotencia,
y sólo un desengaño
entre rocas de olvido y de tinieblas
dejan tus labios mudos
y la pureza inútil de tu cuerpo.

Muere, desnuda forma,
hielo que mata mi alegría,
crueldad vertida en mármol fatigado;
muere ya, y deja que contemple
la lucha de tu cuerpo con la sombra,
el debatir inútil de tus labios
contra el vacío olvido de tus ruinas,
que en ataúd o tumbas duermes
entre un querer o no de tus sentidos.

 

Querida Fábrica
DOLORES DORANTES

“Esto no va más allá de algún vestido al que
tenemos que buscarle los zapatos o
una noche que esconde su más preciada estrella tras la quemadura y
es ese fuego al que nos gusta entrar para mirarnos el corazón de despedidos
y desposeídos
que una época que no pudo borrarse arrastró con nosotros como
arrastra el mar un mar espeso sumergido en lo oscuro
cada paisaje hirviendo recubre lo que fuimos tomando muy a pecho y que ya es hora
de contarlo como si hubiera números para una decadencia recubierta
de centros moribundos
porque
hay que alinear los cadáveres con los que te pretendo
hay
que apilar los crímenes para alcanzar la carne de un corazón que no batalla como tú
tú: un corazón sin remos”

 

POSTAL
Nabil Valles Dena

Volvemos. La madrugada es el ala oscura de una mariposa que yace.

No sé cuánto tiempo dormí,

me despertaron la volcadura, un parar súbito, el abandonar la autopista.

En el espacio negro germinó la flor del fuego

Afuera alguien toma fotografías del accidente

y un hombre reconstruye el impacto en la suposición.

Nunca sentí tan cerca la exhalación de la muerte,

nunca esperé la anunciación del día en umbrales derruidos por el fuego.

Esta noche murieron dos conductores

Recuerdo el viaje que abandono con mi regreso,

pienso en la gitana a la que negué mi mano en el puerto,

en los niños que elevaron un papalote en el mar.

Caminé por la arena con el borde de un vestido empapado

y dije: el puerto es la ciudad que diseca sus sirenas en la playa

pero ahora el aire no transporta el rugir de las embarcaciones,

este viento lleva el sonido de huesos que crepitan,

debo regresar a escuchar el ruido de los trenes, al desierto.

El incendio cesó. Hay un empeño inútil de encontrar los cuerpos.

Paso ingrávida sobre lo destruido,

en la autopista quedan restos del vehículo que ardió,

son como el caparazón deshabitado de una tortuga.

Queda también mi piel que no olvida el olor de la ceniza.

 

 

LA CIUDAD HA PERDIDO SU BEATRIZ
Eduardo Lizalde

He is a portion of the loveliness
which once he made more lovely.
Shelley

1

¡Ay, flores, brezos, castañas, dulces nueces,
dátiles y violetas,
gladiolas descreídas!
¿Por qué existir ahora,
si está muerta la flor,
la flor de flores?

¿Cómo, manjares,
tener sabor en lengua imaginable
si ya no existe el sol de los sabores?

¿De qué manera, olivos,
dar verde gozo al paladar discreto,
si el paladar murió con ella?

2

Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,
qué carne dañarás de muerte,
qué has de matar si ella está muerta?

¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?

3

Viva, era muerte,
y ahora, que no vive,
cincuenta veces muerte.

¿Quién era ella?
¿Cómo llorar así?
¿Cómo sufrir
por su maligna muerte?
¿No estaba muerta ya,
no andaba, en vida, muerta?

4

Su misma muerte pura
fue una traición de perra sin entrañas.
¡Por qué morir la perro!
¿Cómo, antes de ser creada
—antes de Dios—
morir a manos propias la creatura?

5

Si perra innoble fue, si diosa cruenta
¿a qué llorar su muerte?
Sangre vertió, desmembró cuerpos,
vendió a los cerdos carnes
en perlas cocinadas,
destejió obsidianas
para tejer con ellas
excrecencias de chivo.
¿Por qué llorar entonces?

6

Liebres que hubieron hierbas en sus muslos
de felino salvaje
fueron de corta vida,
y largos perdigueros,
halcones que en su vientre
cazaron aves deliciosas
no levantaron nunca
el tallo de su vuelo.

¿Qué llanto ha de valer entonces’

7

Perra sin límites
que corrompió a su paso la tierra
con su hirviente orina,
que al dogo fiel dio vástagos de puerca
y que agrietó las calles al andar,
cloaca ambulante ¿a qué llorar por ella?

8

¡Grandes hetairas,
qué pequeñas sois junto a ella!
qué despreciables,
qué puras.
Cuánto y qué poco
junto a la perra enorme,
que ahora muere sola y deja, viles,
como sombra florida o manto rubio,
prados detrás,
torpes jardines
que no conocen ya el camino
hacia las fuentes,
rotondas que suspenden
el viaje alrededor de sus rosales,
volantín o tiovivo —ay españoles—
de rosas muertas y colores vivos.

9

Ella murió, Dios mío.
¿De qué manera han de vivir los otros?
¿Cómo vivir, si ha muerto?
¿De dónde leña ha de tomar el hacha
si a cada tajo
el árbol vuelve a la semilla?

10

Árbol de arena estéril,
antorcha horrenda en llamas hasta el puño,
¡qué frutos dio, qué gemas, oh Dionisos!
Si lagartija fue, ¡qué pavos,
qué lechones salieron de su vientre!
Si leona ¡qué perdices del tacto,
qué gulas del amor hubo en sus alas!

11

He metido este sueño
en el triturador de la cocina.
Reconozco la distancia
el ruido de tus huesos que se rompen
como nueces tiernas;
el eco de tu voz contra las muelas;
de hierro y las cuchillas,
las distensiones de los nervios
que escapan al molino
como peces en sangre.
Pero el sueño impiadoso resucita,
se conforma en el caño,
se destritura halando ferozmente
la manivela del tiempo hacia otros aires,
Vuelve el sueño a soñarse
como en su primera infancia;
y tiene
la paleontología licuosa
de lo no vertebrado.
Lo desueño otra vez en el triturador,
que abre las fauces hogareñas
de laborioso tigre,
y el sueño, lento, vuelve.

12

¿Cómo expulsar del sueño
el sueño tuyo, amada?
¿Cómo cerrar las puertas del sueño,
a toda forma viviente?
¿Cómo estorbar la marcha
del tigre desgarrado,
con parapetos de neblina?
¿Cómo impedir el paso
de estas sólidas fieras
a la juguetería vaga del sueño?
¿Cómo escapar de un tigre
que crece al avanzar cuando lo sueñan
como la mole de nieve en la colina?

13

¡Ay Prometeo! Ya miro bien tus fieras
y entrañas nutritivas.
Termina el túnel del sueño cotidiano,
pero irrumpe a una luz más deslucida
que el negror de los sueños.

Tumba es la luz y lápida del sueño
sepultado en el pecho como una gallinaza
que golpea por dentro en la vigilia
y vuela al fondo abriendo carnes con sus ganchos
cuando duermo.
Y ella está muerta ahí,
en la coyuntura de sueño y luz,
con una muerte activa
de perra que va y viene por su jaula,
del sueño al mundo, del mundo al sueño,
comiéndome las vísceras
como una eterna goma de mascar.

14

¡Murió la perra, oh Dios!
Su muerte ha sido la más sucia trampa;
late en redor, atmósfera de púas,
se cierra sobre mí.

Su muerte ajena,
su muerte a propias garras y colmillos,
frustró mi mano,
congeló estos odios hambrientos para siempre,
condenó esta daga a la inocencia.

Murió la perra impune y nadie
la habrá de rescatar del césped blanco
en que hoy retoza,
y no despertará del sueño sin raíces
que ata su fronda infame al cuerpo.

 

LA BELLA IMPLORA AMOR

Tengo que agradecerte, Señor
—de tal manera todopoderoso,
que has logrado construir
el más horrendo de los mundos—,
tengo que agradecerte
que me hayas hecho a mí tan bella
en especial.
Que hayas construido para mí tales tersuras,
tal rostro rutilante
y tales ojos estelares.
Que hayas dado a mis piernas
semejantes grandiosas redondeces,
y este vuelo delgado a mis caderas,
y esta dulzura al talle,
y estos mármoles túrgidos al pecho.

Pero tengo que odiarte por esta perfección.
Tengo que odiarte
por esa pericia torpe de tu excelso cuidado:
me has construido a tu imagen inhumana,
perfecta y repelente para los imperfectos
y me has dado
la cruel inteligencia para percibirlo.
Pero Dios,
por encima de todo,
sangro de furia por los ojos
al odiarte
cuando veo de qué modo primitivo
te cebaste al construirme
en mis perfectas carnes inocentes,
pues no me diste sólo muñecas de cristal,
manos preciosas —rosa repetida—
o cuello de paloma sin paloma
y cabellera de aureolada girándula
y mente iluminada por la luz
de la locura favorable:
hiciste de mi cuerpo un instrumento de tortura,
lo convertiste en concentrado beso,
en carnicera sustancia de codicia,
en cepo delicioso,
en lanzadera que no teje el regreso,
en temerosa bestia perseguida,
en llave sólo para cerrar por dentro.
¿Cómo decirte claro lo que has hecho, Dios,
con este cuerpo?
¿Cómo hacer que al decirlas,
al hablar de este cuerpo y de sus joyas
se amen a sí mismas las palabras
y que se vuelvan locas y que estallen
y se rompan de amor
por este cuerpo
que ni siquiera anuncian al sonar?
¿Por qué no haberme creado, limpiamente,
de vidrio o terracota?

Cuánto mejor yo fuera si tú mismo
no hubieras sido lúbrico al formarme
—eterno y sucio esposo—
y al fundir mi bronce en tus divinas palmas
no me hubieras deseado
en tan salvaje estilo.
Mejor hubiera sido,
de una buena vez,
haberme dejado en piedra,
en cosa.

 

Caza de familia
(fragmento)

Jair Cortés

Los hijos matan al padre ya librados
de la noche.
(Cadáver)
La tierra vuelve a su centro.

El padre, entonces,
nace en los hijos,
asoma los ojos en sus ojos
y seca su garganta en el pozo de su
descendencia.

Así cargamos a nuestros abuelos
y a los padres de sus padres,
y así algún día
seremos lastre de los hijos que no
tendremos,
de los hijos que cabalgan y cabalgan
en la inexistente senda de la esperanza.

 

Óscar Santos

El invitado

Bienvenido a la muerte. Si éste es el día de la
serenidad prometida entonces con la sombra de las
terribles bestias el ayer comeremos.

Serás ajeno a los vehículos que ruedan por las
avenidas de esta ciudad tantas veces visitadas por la
niebla. Como un habitante nuevo: Un morador de
las entrañas mismas de la urbe. El guardián de los
caminos que se cruzan: El invitado.

De esta forma te verás a ti mismo: Desde la cumbre
de un puente de arcadas inconclusas. Entonces te
creerás de nuevo un espectro adormecido. Un
extraño ante la noche.

***
No ames a las hormigas que lleguen.
No les des alojamiento
entre las sábanas de cal de este verano.
Recuerda que ellas sólo saben
vagar sin rumbo entre las camas.
Su tarea siempre es la misma.
Recolectar trozos de amor tirados en el piso
y llevarlos hasta el nido
de las casas lejanas de los que
nos precedieron.

***
A veces nos miramos a los ojos
y convocamos a todos los demonios.
Que vengan a conocer
la casa nueva.
Que tomen posesión de todas nuestras cosas
y nos susurren perversiones al oído.
Todas las ansias pertenezcan a las manos.
A los labios que busquen
en los territorios del vientre.
Los dientes sean así nuevos altares.
Los lechos, templos nuevos.

 

Verónica Volkow LIBERTAD

A mí me gusta la libertad,
viajar rodeada de horizonte,
en el gran círculo sin muros
andar casi volando,

y desde el corazón nacerme
que en sí ya es mudo e invisible vuelo,
solitario impulso,
no sé si afuera de lo real
o en realidad adentro,
o donde ya no importa porque no soy muro
y fui abandonando mi peso en cada orilla.

Somos ave por dentro,
vuelo,
y soy -no en la tierra
o el fierro- soy un sueño,
una múltiple ala, fuego interno.

Y me gusta la soledad
y el mar y el horizonte
y ese dejarse ser
como una apuesta de pájaros
o flor o estrella en desbandada
y el amor me gusta
que a la libertad, como el de Dios, se parece.
Amo la libertad, sí,
que es la creación de las cosas
y de leves, inexplicables
razones me ilumina.

 

 

El suicidio del “Dr. Muerte”
Enzia Verduchi

El más prolífico asesino inglés se victimó
con las sábanas en su celda de Wakefield.

El doctor Muerte se dio muerte. Difícil
era vivir sabiendo de tanto cordero cansado
pastando en las llanuras de Gran Bretaña.

Sin mano airada, aplicó 215 sobredosis de morfina,
observó en cada paciente la armonía del sueño,
y mientras se adelgazaba la contracción del pulso,
se decía: “Bendita medicina del propio Dios
que lleva a la sonrisa y al reposo eterno”.

Los siquiatras hablarán de la falta de remordimiento,
los criminólogos sumarán sus facciones suaves
en los tratados sobre el deicidio,
la prensa le dará su lugar entre los estetas
que repugnan y atraen con morbo.

Era invierno en West Yorkshire,
eran las 6:20 de la mañana cuando el doctor
vio por la fisura del hielo en la ventana,
ligeras huellas en la nieve y recordó
que jamás había visto el mar.

 

 

Ni Lo Que Digo
Ricardo Yáñez

El amor es esa estrella filosa
y el desamor quién sabe qué carajos
pero yo no soy yo
ni este aire mi aire
Es un tambor el miedo
y la paz un tejido frecuentado
pero en mi corazón hay un cangrejo
y alguien está torciendo mi pescuezo
¿Qué es el atole blanco?
¿Qué los cigarrillos faros?
Pero a quién le interesan esas cosas
cuando uno se muere de sí mismo.

¿Qué son los huevos fritos, por ejemplo?
¿Qué son los buenos días?
Los vecinos arrían la bandera
de la felicidad, pero quién se los festeja?
quién se los critica?
Sólo los que se aman los comprenden.

Se está tirando el bóiler. Hay que apagarle.
Se encordó este reloj. Hay que arreglarlo.
Hizo frío por la noche.
No lo olvides.

A veces es una araña la palabra amar
una araña en las vigas de la casa
y uno es la mosca la tonta mosca
A veces el amor es una aspirina
vieja olvidada en el botiquín
y uno no el dolor de cabeza sino el aburrimiento
A veces el amor es una botella de tequila
escondida en el fondo del ropero
y uno la mano oscura y el trago rápido.

Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a las palabras, a los ojos, al llanto
a los cigarrro alas, al tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez que me pega, que todo el día me pega,
y hay un Ricardo Yáñez que te ama. Ese es el bueno.

 

 

Mi Mente una Pantalla.
Perla Schwartz

Mi mente es una pantalla cinematográfica
donde desfilan
las historias más inverosímiles y contradictorias,
aquellas que surgen
de las fantasías más disparatadas.
Lo mismo me encuentro
viviendo más de un thriller
donde prevalece
el suspenso de quien
será el asesino
de mis emociones más primigenias,
que una chispeante comedia
de Woody Allen
en que me transformo
en una Zelig,
una mujer camaleónica
que desea serlo
sin morir en el intento.
Nunca me quedo
en paz…
siempre las escenas se renuevan
de películas bélicas
mi mente sabe poco,
pero eso si los dramas psicológicos
están a la orden del día,
digna discípula bergmaniana.
Entre que quiero y no,
entre el deseo que se incrementa
y mengua,
al tiempo que me confundo
en la nebulosa de la ciencia ficción
y emerjo como una Alien
que halla a su par
en la espesura del Cosmos.
¿Cómo podría ser de otra manera?
si soy una cinéfila irredenta
que en la luz en la oscuridad
siempre encuentra el azoro
para permanecer en un soñar eterno,
en errar y errar
por territorios
donde todo puede suceder.

 

 

Ráfagas
Gabriel Zaid

La muerte lleva el mundo a su molino.

Aspas de sol entre los nubarrones
hacían el campo insólito,
presagiaban el fin del mundo.

Giraban margaritas
de ráfagas de risa
en la oscuridad de tu garganta.

Tus dientes imperfectos
desnudaban sus pétalos
como diste a la lluvia tus pechos.

Giró la falda pesadísima
como una fronda que exprimiste,
como un árbol pesado de memoria
después de la lluvia.

Olía a cabello tu cabello.

Estabas empapada. Te reías,
mientras yo deseaba tus huesos
blancos
como una carcajada
sobre el incierto fin del mundo.

 

 

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